Coluna (Edição nº 31)
"Por
una antropología de la comunicación", por
L. Nicolás Guigou
(*)
Muy en serio, el fiel
Brod preguntó si esto quería decir que hay esperanza fuera de nuestro
cosmos. Kafka sonrió y dijo encantadoramente: “mucha esperanza, para
Dios un sinfín de esperanza, pero no para nosotros.”
Bloom, Harold. Kafka. En: Cábala y deconstrucción, 1999.
Cuando allá en la optimista
década de los ´50 el conocido antropólogo Claude Lévi-Strauss postulaba
la necesidad de crear una Ciencia de la Comunicación – antecedente éste
poco conocido en el ámbito de esa disciplina – nos encontrábamos todavía
en el tiempo de la confianza en un saber acumulativo, en un canon
científico cuya máxima garantía era la posesión de un lenguaje
antimetafórico (y operacionalista) y cuya fe se asentaba en la búsqueda
y certeza de regularidades en los diferentes órdenes de la sociedad.
A esta imagen de la sociedad
regulada, correspondía también una cierta concepción del inconsciente,
lejano ordenador de todo aquello que podía volverse socialmente visible.
Es así que la noción de inconsciente levistraussiano conformaba una
suerte de garantía epistemológica de la propuesta de creación de una
ciencia especializada en la comunicación. Con esta iniciativa, el padre
del estructuralismo daba el paso de objetivar la dimensión comunicativa,
transformarla en objeto de estudio con independencia del sujeto en
cuestión. Ya no importaba lo que se decía ni tampoco quién lo decía,
sino el mero intercambio y la circulación.
Bajo la figura de la Teoría
del Intercambio – inaugurada descriptivamente por Malinowski y
teóricamente por Marcel Mauss en su libro Ensayo sobre el Don –
Lévi-Strauss hundía el dar, el devolver y el recibir en un inconsciente
colectivo y vacío, en una función simbólica y en una estructura que eran
propiedad de toda la especie, más allá (o más acá) de contingencias
históricas y socio-culturales.
Esa mirada sobre el
intercambio nos decía que en toda sociedad se intercambian y circulan
bienes, que en las sociedades etnocéntricamente denominada “primitivas”
se intercambian mujeres, y que en cualquier parte, los humanos
intercambian fonemas.
A partir entonces de la
fundición de la disciplina encargada del intercambio y circulación de
los bienes (la economía), de la antropología (obsesionada con el
parentesco y el intercambio de mujeres) y de la lingüística (por aquello
del intercambio de fonemas), surgiría una nueva ciencia.
Partiendo de la base que
todo intercambio es comunicación y que la comunicación se encuentra
regulada, una ciencia orientada hacia esa temática debía de constituir
pues una nueva síntesis disciplinaria en el espacio del saber, superior
en todos sus términos a aquellos conocimientos económicos,
antropológicos y lingüísticos de los cuales provenía. Esta peculiar
mirada del estructuralista Claude Lévi-Strauss, su forma de acercarse a
la economía, la antropología y la lingüística, reflejan no únicamente
definiciones a esta altura – sino siempre – cuestionables.
Expresan asimismo una
profunda convicción acerca de la intersección de diferentes órdenes
culturales, poseídos por sendas regularidades manifestadas en el citado
intercambio.
Esta concepción teórica que
hoy día puede sonar tan alejada y extraña, ha resultado con todo fecunda
en los últimos ecos del denominado post-estructuralismo (otra figura del
saber que promete ‘disolverse en la nada’ para parafrasear una expresión
cara a Lévi-Strauss). Parece resultar éste el caso del pensamiento
derridadiano, sintetizado en su expresión más fecunda: la deconstrucción.
Mediante sus anhelos
deconstructivistas, Jacques Derrida no ha dejado de mostrar hasta su
reciente muerte, una preocupación (casi una fijación) por las apuestas
teóricas de Lévi-Strauss. La gran tarea deconstructiva, logró
interrumpir – no cabe otro verbo – la voracidad del programa
estructuralista en la década de los ’60.
Al radicalizar la disolución
del sujeto, al descolocar la propia noción de estructura –
estableciéndola como una expresión más de la metafísica occidental – las
posiciones de Jacques Derrida no podían sino contaminarse, recibir la
diseminación de los hasta ahora arcanos levistraussianos (no se trata
pues de remitirse ni al cientificista, ni al estructuralista a cabalidad),
que apenas hoy comienzan a ingresar en el juego de las interpretaciones.
Tal vez sea por eso que Jacques Derrida deba retornar a la antropológica
Teoría del Intercambio para escribir sobre el tiempo (que es también el
tiempo de la comunicación).
Uno no podría leer Dar el
tiempo[1], sin
reconocer la seducción de Derrida por el pensamiento antropológico, y a
la vez caer en la cuenta de su profunda ceguera hacia las
investigaciones etnográficas contemporáneas y en buena parte, (como en
el caso de Baudrillard), su desconocimiento (también considerable) del
material etnográfico elaborado en el pasado.
Pese a estas limitantes y
pese a las deudas (y parentescos) entre las apuestas estructuralistas y
post-estructuralistas, resulta interesante traer al recuerdo la figura
de una Teoría del Intercambio, su incidencia en la elaboración de una
Ciencia de la Comunicación. y especialmente, su perdurabilidad en el
campo de la reflexión contemporánea bajo el signo de un espíritu de
época que sin duda está llegando a su fin.
En nuestro actual horizonte
de subjetividad, en el cual el sujeto, su reflexividad y sus prácticas
vuelven a encontrarse en el centro de las preocupaciones de las ciencias
sociales, será necesario gestar otros horizontes teóricos para
establecer una disciplina orientada hacia la comunicación, que pueda
narrar al sujeto (y considerar sus narrativas), sin llevarlo al punto
muerto de su disolución y a un abismo de sentido imposible de sortear.
[1] Derrida,
Jacques.(1995), Dar (el) tiempo.I. La moneda falsa. Barcelona,
Paidós.
(*)
L. Nicolás Guigou: Antropólogo. Prof. Adj. Cátedra de Antropología
Cultural, LICCOM, Universidad de la República. Doctorando de la UFRGS,
Brasil. Site:
www.antropologiasocial.org.uy.
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